Eran las 4 de la mañana cuando, en una bonita casa de verano a las afueras de la ciudad de Londres, sonaba una fuerte sirena que rompía el silencio y la tranquilidad de la noche. La casa estaba en un gran bosque, rodeada de árboles y rocas; practicamente escondida.
El rastro de civilización más cercano se hallaba a 6 kilómetros de distancia, por lo que la casa estaba a salvo de curiosos y miradas indiscretas.
En una de las habitaciones de la casa aún retumbaba con fuerza la alarma, lo que obligaba a un hombre de unos 40 años a levantarse de la cama en la que dormía para pulsar un pequeño botón de color rojo en la pared. Inmediatamente, la alarma dejó de sonar.
-¿Qué ha pasado? -preguntó enfadado el hombre al interfono que había al lado del botón-.
-Eh...esto...doctor Campbell, ha habido un problema en la sección 8 del laboratorio -dijo una débil voz por el interfono-.
-Enseguida voy -dijo el doctor Campbell-.
Soltó el dedo del botón y se dirigió al baño. Mirándose en el espejo pensó que el tiempo no le había tratado mal: seguía manteniendo su pelo rubio sin indicios de que fuera a caerse y las pocas arrugas que tenía le aportaban seriedad. Sin embargo, sus ojos azules ya acusaban el cansancio de una vida entera dedicada al trabajo, al duro trabajo. A él no le importaba, le parecía un motivo para estar orgulloso.
Salió de su aturdimiento, se lavó la cara y se puso una bata médica. En la ficha ponía:
"Doctor James Campbell. Nivel 4".
El doctor salió de la habitación para dar a un pasillo muy largo decorado con muebles rústicos. Lo atravesó y bajó unas escaleras hasta llegar a una especie de sótano débilmente iluminado por una vieja lámpara de araña.
Al fondo del sótano había una mugrienta puerta que no tenía pomo, a su lado había un pequeño teclado numérico. El doctor Campbell tecleó un código y la puerta se abrió automáticamente, entró y llegó a una sala en la que había un gran cristal en una de las paredes. Al otro lado del cristal había otra sala en la que dos hombres con bata observaban al doctor.
-Abre la puerta -dijo el doctor Campbell con voz muy seria-.
-Antes hay que descontaminarle señor -dijo uno de los científicos-.
-¡El problema está dentro del laboratorio, no fuera! ¡Ábreme! -vociferó el doctor Campbell-
-Pero...doctor Campbell...el protocolo... -dijo el otro científico con voz temblorosa-.
-¡A la mierda el protocolo! ¡Abre la maldita puerta!
-Eh...esto...si señor. Ya abro
Una puerta metálica se abrió haciendo un ruido sordo y el doctor la cruzó. Atravesó una serie de pasillos hasta llegar a un ascensor, entró y metió su tarjeta en el panel que había dentro. Pulsó el botón con el número 8 escrito y automáticamente el ascensor se cerró y comenzó a bajar hasta llegar a su destino: la sección 8.
Dos científicos estaban esperando fuera cuando el ascensor se abrió, saludaron al doctor Campbell y comenzaron a caminar junto a él.
-Informe -dijo el doctor con voz calmada y cortante-
-Ha habido un problema con el Sujeto V -dijo el científico-.
-¿Qué tipo de problema? -preguntó el doctor Campbell-.
-Le suministramos la dosis habitual y...bueno, vealo usted mismo.
Entraron a una sala llena de monitores y un gran cristal a través del cual se veía un enorme bulto en el suelo.
-No veo cual es el problema, parece dormido -dijo el doctor-
-Ese es el problema: que no se mueve, no tiene pulso, no respira... Está muerto, y no sabemos porqué -dijo el científico-.
-¡¿Pero le suministrasteis la dosis correcta?! -preguntó enfadado el doctor Campbell-.
-Sí, pero después de eso comenzó a...
En ese momento, una enorme garra rompió el cristal y rebanó por completo la cabeza del científico.
El doctor Campbell, corriendo, salió de la sala y cerró la puerta tras de sí, dejando encerrado al otro científico. Mientras éste gritaba y golpeaba el cristal circular de la puerta, el doctor se limitó a observar la escena.
Una enorme criatura, de unos 2 metros de alto, cruzó el cristal y se volvió hacia el científico que, atemorizado, se tiró al suelo suplicando clemencia...inútilmente.
La criatura levantó su gigantesco brazo y acabó con él partiéndole en dos.
Entonces se fijó en el doctor Campbell, que estaba mirándole fijamente, y comenzó a golpear la puerta tras la cual observaba en silencio. La puerta no cedía y la criatura emitió un terrorífico alarido mientras seguía golpeando.
-Me parece que no te das cuenta -dijo el doctor con un tono cercano a la burla- de que aquí el que pone las reglas soy yo. Te tengo bajo mi control, te guste o no.
La criatura, furiosa, gritó aún más fuerte y la puerta comenzó a abollarse y romperse debido a los constantes golpes que recibía. El doctor se apartó rápidamente de la puerta justo antes de que ésta se desplomara por completo.
Aquella cosa enorme se quedó inmóvil, mirando fijamente al indefenso doctor Campbell y esbozó lo que parecía ser una sonrisa; una mueca siniestra.
En ese momento, se abalanzó sobre el doctor, pero éste consiguió esquivar la que hubiera sido una muerte segura.
El doctor Campbell echó a correr por los laberínticos pasillos del laboratorio mientras oía cerca, muy cerca, los gritos de la bestia que le perseguía.
Sabía que cada vez estaba más cerca, a punto de alcanzarle, pero no se atrevía a mirar hacia atrás.
Se refugió en una sala y cerró la puerta; pero sabía que no sería suficiente, tenía que hacer algo, y rápido.
De repente, notó un punzante dolor en la espalda, se palpó con la mano y confirmó su peor temor: la mano estaba manchada de sangre.
-Oh, mierda... esto no puede estar pasando -dijo mientras observaba la palma de su mano con una expresión de terror en el rostro difícil de describir.
La criatura debió alcanzarle cuando se abalanzó sobre él.
-No, no, no...
Entonces, comenzaron a resonar los golpes que daba la bestia en la puerta, así como sus alaridos.
En ese preciso instante, el doctor Campbell se fijó en la extraña máquina que había en la sala.
-No...es demasiado arriesgado...¡Joder! -dijo nervioso-.
Sus ojos pasaban constantemente de la puerta, practicamente destrozada ya, hacia la máquina que tenía a su lado.
-Mierda, mierda, mierda...
La puerta cayó y apareció aquella enorme figura, observándole. Emitió un grito que retumbó en toda la habitación y se dirigió corriendo hacia el doctor.
No tenía más remedio...El doctor Campbell, resignado, pulsó un pequeño botón de la máquina y cerró los ojos. La máquina emitió un brillante fulgor verde que iluminó toda la sala y el doctor Campbell...desapareció sin dejar mas rastro que una nube de humo en la habitación.
La criatura seguía allí, inmóvil, atónita ante lo que acababa de suceder.
Se dio la vuelta y se marchó por donde había venido, sin proferir ningún sonido más que el eco de sus pisadas.
Todo tiene cabida en este blog: Peliculas, series, libros, música, videojuegos, reflexiones...en definitiva, algo interesante.
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lunes, 22 de noviembre de 2010
martes, 16 de noviembre de 2010
El corazón del guerrero

El guerrero estaba sentado en una roca del viejo y abandonado camino.
El aspecto entristecido de su faz era más que visible, aunque no se debía a su edad, pues era todavía joven.
El día parecía noche, todo cubierto por las nubes de la duda, como de costumbre.
Se preguntaba porqué todo era siempre tan difícil mientras sus ojos, sus cansados ojos, observaban con un ligero fulgor de esperanza al horizonte.
Aunque ese horizonte no tenía nada de esperanzador...
En lo más profundo de su ser, creía que ahora algo cambiaría, que el camino sería mas llevadero y que por fin llegaría a algún sitio. Pero tan pronto como vislumbraba un final feliz, la fría mano de la realidad le golpeaba fuertemente.
Y así se pasaba la vida, en una eterna lucha de la que nunca había salido victorioso, con todo su empeño puesto en que esta vez la vida le diese un respiro.
Pero el guerrero llevaba en paro mucho tiempo, pues había perdido la valentía.
En todos los sentidos...
domingo, 24 de octubre de 2010
En el amor y en la guerra...
¿Cómo habían llegado a esa situación? No logro comprenderla. Algo dentro de mí me dice que esta no es mi batalla, pero lo es, me guste o no: es mía y de mi pueblo.Algunas veces pienso que todo esto es culpa de nuestros gobernantes, pero enseguida hago callar esa voz, pues no estoy aquí para pensar, sino para luchar.
Pero, por más que lo intento, no puedo evitar pensar, no puedo dejar de hacerlo, no se va de mi cabeza: no dejo de pensar...en ella.
Me da fuerzas, pero a la vez me abate. La idea de no volver a verla se me hace tan insoportable que quiero gritar y espero que todo el dolor y la rabia acumulados me sean útiles hoy. Antes de que las ganas de gritar con todas mis fuerzas para desahogarme se vayan, mis hermanos lo hacen por mí, así que me uno a ellos. Formamos un coro que resulta incluso bello, debido a que todas nuestras voces están marcadas por el dolor; somos un solo cuerpo dolorido gimiendo, como una manada de lobos aullando.
No se cuanto tiempo pasa, pero enseguida noto un fuerte zumbido y me callo, al igual que mis hermanos, buscando la fuente del sonido. No hace falta buscar mucho: una nube negra se abalanza sobre nosotros. Rápidamente cojo mi escudo pero antes de que me de tiempo a cubrirme caigo al suelo.
Mientras me levanto, con la vista nublada y sin poder oír nada, veo a muchos de mis hermanos en el suelo. Las flechas en sus cuerpos inertes hacen que sienta una punzada de dolor en la cabeza, demasiado fuerte para ser solo por la horrible visión. Palpo con la mano mi sien derecha y el daño aumenta, me miro la mano y está llena de sangre: mi sangre.
Ahora que lo pienso, no se cuanto tiempo he estado inconsciente, pero a mi alrededor solo hay cadáveres, flechas y humo. El olor a muerte es insoportable, y el sabor de la sangre en mi boca me repugna. Comienzo a andar pero caigo al suelo, mi vista ha mejorado un poco pero mi oído sigue sin responder. Con mucho esfuerzo, vuelvo a levantarme y empiezo a caminar despacio. Desorientado, busco algún rastro, algo que me indique hacia donde ir. A lo lejos creo ver fuego y unas sombras que se agitan: la batalla continúa.
De nuevo, otra punzada de dolor y su recuerdo, su amargo recuerdo. La idea de huir para ir con ella pasa un momento por mi mente, pero me abandona enseguida: no serviría de nada.
Ante todo soy un guerrero, y lo único que me queda es mi vida y mi honor. Ansío con todas mis fuerzas volver a verla,a acariciarla, a sentirla...pero una vida sin honor no es nada. Decidido, recojo mi equipo y camino con paso firme.
Mi oído se recupera. Empiezo a oír el sonido del acero chocando, eso me reconforta: significa que todavía hay algo por lo que luchar, que no todo está perdido.
Ya estoy cerca cuando me encuentro con un joven, está de pie, inmóvil. Le conozco: le he visto muchas veces por las calles del pueblo. Su aspecto demacrado hace que dude un momento, pero es él; y al verme también me reconoce. Su rostro asustado me observa con detenimiento, abre la boca para decir algo pero no puede: rompe a llorar y su rostro se llena de lágrimas. Se acerca y me abraza con fuerza. Dice que se quiere marchar, que desea volver a su hogar, con su familia. Le comprendo, realmente me da mucha lástima; es demasiado joven, practicamente un niño.
Hago que se siente y coma un poco, mientras yo saco un trozo de papel y empiezo a escribir. Mientras la hoja se llena con palabras llenas de pesar y sufrimiento una lágrima corre por mi mejilla. Cuando acabo de escribir, la gota resbala y cae en el papel, como si fuese mi firma: no se me ocurre mejor forma de acabar esta carta, estas palabras que dedico a mi amor. Espero que comprenda que ella es mi fuerza, lo que me empuja a seguir luchando y quiero que sepa lo mucho que he sentido tener que marcharme de su lado.
Dejo de leer y miro al chico, le pido un favor: le ruego que regrese al pueblo y que le entregue la carta a mi amada. Lo comprende inmediatamente y su rostro cambia por completo, ahora tiene decisión y valor en la mirada. Me observa y se lleva el puño cerrado al pecho, en señal de respeto. Entonces echa a correr tan deprisa que le pierdo de vista enseguida.
Sigo mi camino, con imágenes de su rostro pasando por mi mente constantemente. Cuando llego al campo de batalla me doy cuenta de que la carta será una despedida: quedan muy pocos hermanos y la gran mayoría están heridos. El enemigo es numeroso y fuerte, pero no me importa: lucharé hasta el último aliento. A mis pies veo nuestro estandarte, lo recojo y lo ondeo al viento, en señal de desafío. Desenvaino mi espada, blandiéndola con fuerza, acabando con más y más hombres.
Con cada vida que quito, más pienso en ella. Odio relacionarla con tales atrocidades, pero eso me mantiene en pie, con la fortaleza necesaria. Tengo todo el rostro salpicado de sangre y no paran de venir...Que vengan, pienso, no me rendiré. Sigo combatiendo cuando noto frío, mucho frío en el estómago: una espada me atraviesa completamente. Todavía tengo fuerzas para acabar con un par más,resistiendo el dolor,cuando por fin, caigo.
Siento como la vida me abandona pero estoy feliz: la siento junto a mi, puedo olerla, la veo perfectamente mientras me sonríe. Está bien, puesto que todo lo que hice, lo hice por amor: lo hice por ella.
Y así acabó, triste final, caigo en la tierra con una herida mortal. Más si ese es mi destino no lo haré esperar.
Siento llegar la oscuridad, muero tranquilo, he luchado hasta el final. Por mi hogar doy la vida, no puedo dar más...
lunes, 27 de septiembre de 2010
El primer día

Ya es de día, la luz del Sol entra con ganas en una pequeña habitación tremendamente desordenada cuando, sin previo aviso, una estridente melodía procedente de un móvil interrumpe el sueño y los ronquidos de un joven.
Son las nueve y media de la mañana.
La expresión de desagrado en el rostro del chico es más que notable, se frota los ojos y apaga la infernal música. Se levanta, intentando no tropezar con los múltiples objetos esparcidos por el suelo: desde zapatillas a mochilas, pasando por montañas de ropa. Consigue evitar todos los obstáculos con una asombrosa precisión, teniendo en cuenta el estado "cuasizombi" en el que se encuentra.
Entra en el baño, se lava la cara y se da una ducha rápida, de unos 30 minutos. Cuando se seca, se viste y se peina, ya casi parece una persona normal. Baja a la cocina y se prepara el desayuno: un zumo y un tazón de cereales.
Mientras desayuna con una tranquilidad excesiva, un bostezo hace que se quede aturdido un par de minutos, mirando fijamente los pequeños cereales flotar en la combinación perfecta de leche y Cola-Cao.
Cuando mira el reloj, sus ojos se abren y el desayuno desaparece en cuestión de segundos: ahora parece que tiene prisa.
Son las 11:20 de la mañana.
Rápidamente se lava los dientes sin dejar de mirar su reloj. Baja las escaleras casi a saltos, estando a punto de caerse. Abre la puerta, dispuesto a marcharse, cuando se para en seco. Suelta un sonoro "mierda" y corre escaleras arriba de nuevo: se le olvidaba la carpeta. La recoge y, al comprobar la hora otra vez, no es que corra, es que prácticamente vuela.
Velozmente sale de casa, cierra la puerta dando un sonoro portazo y avanza a grandes zancadas hasta llegar a la parada del autobús. 30 segundos son los que tiene para recuperar el aliento hasta que llega el transporte. Saluda al conductor mientras introduce su abono, coge asiento y toma una gran bocanada de aire.
El vehículo va practicamente vacío, lo que ayuda a que la atronadora música que sale de sus auriculares pueda oírse con claridad. Tras una media hora de viaje y otros 15 minutos de trayecto a pie sin incidencias, el joven llega a su destino: ese aterrador lugar al que llaman "Universidad".
sábado, 11 de septiembre de 2010
Sigo nadando...

Estoy nadando, me agito, aleteo, sigo nadando. Ante mí solo hay azul, toda una inmensidad azul. Cuanto más avanzo todo se torna más oscuro, pero no tengo miedo en absoluto. Rocas, algas, arena, pequeños compañeros, más arena... Todo me resulta extrañamente familiar, pero no logro acordarme de porqué. No se adonde me dirijo ni tampoco de donde vengo, pero no me importa: sigo nadando.
De repente, noto algo grande, muy grande. No lo veo, pero lo siento. No es una ballena, no huele así. Tiene un olor extraño, tiene muchos; pero por alguna razón no me resulta desconocido, creo que lo he olido antes, pero no se cuando. Cada vez está mas cerca, lo noto, pero sigo sin verlo. Aunque la verdad es que no me importa: sigo nadando.
Todo empieza a agitarse y oigo un ruido muy fuerte, atronador, sus vibraciones hacen que me desoriente un poco, pero continúo. Entonces, millares de compañeros me adelantan rápidamente, golpeándome. Les sigo y me incorporo veloz a su marcha. Todo esto ya lo he vivido, estoy casi seguro, pero no consigo recordarlo. Avanzamos velozmente, sin rumbo, pero no me importa: sigo nadando.
En un instante, algo se nos abalanza y hace que nos juntemos más, formando practicamente una masa uniforme que se retuerce y se agita. Casi no puedo respirar, ese extraño objeto me oprime más y más, a mí y a mis compañeros. Creo que nos movemos hacia arriba pero, ¿por qué todo me resulta tan familiar? No me importa en absoluto: intento seguir nadando.
Entonces me despierto en un sitio desconocido, frío, duro. Me ahogo, no puedo respirar, me retuerzo violentamente.
¿Dónde estoy? ¿Cómo he llegado aquí? No me acuerdo.
No puedo seguir nadando...
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